Hace poco me tocó cuidar a mi padre en sus últimos años de vida. No fue fácil porque, cuando me hice cargo, ya tenía mi cartón lleno de responsabilidades, así que su entrada fue con fórceps. A pesar de lo que me costó aceptar mi nueva responsabilidad, decidí aprovechar cada vez que volvía a aparecer, en medio de enfermedades y deterioros, aquel que me paternó alguna vez, para llenarme de su calidez y ternura. No fueron muchos momentos, pero los hubo. En ese interín comprendí algo importante acerca de su herencia en mi vida.

Hasta entonces había entendido que mi ser contrera, mi #LadoB, venía de mi lado materno; de lo rebelde que había sido ser parida con un orgasmo en un mundo donde el placer femenino en los partos es algo casi inexistente.

Es cierto: algo de mi #LadoB viene de ahí. Pero hay una parte importante que viene de haber recibido amor, cariño y dulzura por parte de mi padre. A los varones de su generación les estaban prohibidas casi todas las expresiones de dulzura, ternura y sensibilidad. No era muy de hombres. Sin embargo, él se rebeló contra esos imperativos y nunca lo dudó: siempre estuvo presente desde lo emocional, cuidándome, apoyándome, escuchándome… además de ser muy macho y muy patriarcal.

En los últimos tiempos, cuando se lamentaba por no poder dejarnos una herencia material, yo lo consolaba diciéndole que nos había heredado algo mucho más importante: la posibilidad de ser sensibles, dulces y amorosos.

Y así fue incluso en el último trecho de su vida, cuando le tocó reubicarse en un pueblo que no había elegido, rodeado de desconocidos y en condiciones materiales opuestas a las que había vivido durante toda su vida. Aun así, encontró la forma de conectar, de escuchar, de cuidar a otros y de formar una nueva familia.

Una familia cariñosa que le puso el apodo que se merecía: Pichón. Porque, a pesar de ser un urso de un metro ochenta, era más bueno y dulce —por momentos— que un pichón de pajarito.

Después de haberse hermanado con la muerte, el jueves Pichón voló a encontrarse con sus padres.

Espero que cada tanto baje del planeo y nos visite, porque acá lo vamos a extrañar un montón.

Gracias, papele, por tanto amor.