
Queridxs lectores:
Quiero darles la bienvenida a este sitio, donde van a encontrar buena parte de lo que investigué, escribí y produje a lo largo de más de 15 años de trayectoria como investigadora independiente y activista.
Para quienes no me conocen, les cuento un poco cómo llegué a interesarme por el #LadoB de la vida.
Pensándolo en retrospectiva, creo que fui #LadoB desde mi llegada al mundo. Mi madre me contó, cuando yo ya era adulta, que durante mi nacimiento se le escapó un orgasmo.
En ese momento no entendí del todo la dimensión de ese relato. Incluso me dio cierta vergüenza. Recién años después, luego de experimentar en carne propia la violencia que el sistema médico puede ejercer sobre los cuerpos durante los partos, comprendí la joya que había recibido: no solo en la anécdota, sino en la bendición de haber llegado al mundo de una manera casi prohibida, casi olvidada.
Porque heredamos el mandato del “parirás con dolor”, y en esa escena ocurrió otra cosa: un cuerpo pariendo desde el placer, aunque fuera por un instante, aunque no fuera lo que se suponía que debía pasar.
Una manera luminosa.
Una manera indómita.
Una manera #LadoB.
Después de esa llegada al mundo, crecí en un contexto que muchas veces intentó apagar mi luz y mi alegría. Por momentos lo logró. Pero esa llamita terca, rebelde y resiliente siguió viva.
Se encendió, por ejemplo, cuando empecé a aprender tango y no quise quedarme solamente con el rol de quien “se deja llevar”, ni vestirme con los mandatos de la cosificación machista. Entendí que el tango podía ser mucho más que llevar y dejarse llevar, mucho más que ponerse el placard y los tacos encima. Entendí que también podía ser un lenguaje subversivo para nuestra época: el arte de conversar entre cuerpos, más allá de las palabras, con otrxs, con la música y con la pista circular.
Así que en el tango también me volví #LadoB: aprendí los dos roles, bailo en zapatillas o botas, y me visto cómoda.
En mi vida universitaria, antes de volverme #LadoB, tuve que cumplir con los mandatos de ser “buena alumna”. Me recibí de politóloga en la Universidad de Buenos Aires, una carrera que elegí porque era lo que parecía que había que hacer, pero también porque tenía un deseo profundo de entender qué nos lleva a vivir en sociedad.
Al terminar la carrera, tuve un primer quiebre: a pesar de haberme graduado con honores, no accedía a las mismas oportunidades laborales que muchos de mis compañeros varones. Fue entonces cuando, a mis 23 años, busqué por primera vez en internet la palabra “feminismo”. En ese momento todavía era visto por muchxs como algo demodé, incómodo o marginal. Pero encontré ahí palabras para muchas sensaciones de injusticia que venía percibiendo en mi propia piel.
Desde entonces empecé a involucrarme cada vez más. Participé en una organización local, trabajé en temas de género y apliqué a una maestría en Estados Unidos. Soñaba con tener mi propia organización para llevar conciencia sobre estas problemáticas.
Gané varias becas: la Fulbright, otorgada por el gobierno de Estados Unidos; la de la American Association of University Women; y una beca de la Universidad de Syracuse, que cubrió el valor de mi maestría.
Vivir sola en Estados Unidos me obligó a madurar en muchos sentidos. Y cuando terminé ese año de formación, entendí algo incómodo: había pasado buena parte de mi vida obedeciendo mandatos. Había seguido el famoso “deber ser” y estaba en camino a convertirme en una pieza más de este sistema patriarcal.
Entonces decidí frenar. Dejarlo todo por un tiempo. Tomarme unos años sabáticos para conocerme mejor.
Estudié canto, fotografía, escritura de guiones, profundicé en el tango. Fue una época hermosa, de búsqueda, exploración y libertad. Más tarde llegaron mis hijxs y, con ellxs, también la necesidad de sostener una vida material más estable, lo que me llevó nuevamente al mercado laboral convencional.
Años después, mi vida dio un vuelco radical cuando elegí el DIU de cobre como método anticonceptivo. De la noche a la mañana, mi vida se convirtió en un infierno lleno de síntomas físicos y emocionales cuyo origen no lograba comprender.
Me salvó escuchar mi intuición. Me salvó buscar respuestas, incluso cuando no las encontraba en los lugares donde se suponía que tenían que estar. Empecé a investigar, sobre todo en inglés, y accedí a información que inicialmente no encontraba en español. Así pude entender lo que me estaba sucediendo y, poco a poco, comenzar a sanar.
Esa experiencia fue profundamente movilizante. También me dio un propósito.
A partir de ahí empecé a investigar el mundo de los anticonceptivos y encontré una realidad muy distinta de la revolución sexual que nos quisieron vender. Mi experiencia con el DIU de cobre me terminó de abrir los ojos frente a una verdad difícil de aceptar incluso para muchas feministas: estamos pagando un costo enorme en salud por tecnologías que muchas veces se nos ofrecen como si fueran caramelos.
Pueden encontrar más información sobre esa experiencia y esta línea de investigación en @cuidadoconeldiu.
Nos cuesta verlo porque somos domesticadas desde muy jóvenes. Desde nuestras primeras consultas ginecológicas aprendemos a entregar el cuerpo, la confianza y la palabra propia en nombre de la prevención, la salud y la normalidad. Para sobrevivir a ese cotidiano, muchas veces nos alejamos de nuestros cuerpos, de nuestras emociones y de nuestra intuición, y empezamos a tomar la palabra ajena como verdad sobre nosotras.
También atravesé tres partos marcados por distintas formas de violencia: sexual, psicológica, física e institucional. Recién en el segundo empecé a dimensionar lo que había vivido. Y para el tercero, incluso estando ya involucrada en la militancia contra la violencia obstétrica, volví a ser vulnerada.
Pero resisto. Porque soy #LadoB desde la cuna.
Por eso investigo, milito y produzco contenidos: para despertar preguntas, compartir información valiosa, sembrar otros valores y dejar un mundo un poco más habitable para quienes vienen detrás.
Desde entonces, me dedico a divulgar información para que todas las personas podamos contar con más herramientas al momento de tomar decisiones sobre nuestra salud reproductiva y no reproductiva. Lo hago a través de Flor Investiga #LadoB, en redes sociales y en este sitio, y también desde los espacios colectivos que integro.
Fundé Tribu Matriar, un proyecto desde el cual impulsé distintas acciones vinculadas a la salud, los derechos sexuales y reproductivos y la visibilización de experiencias silenciadas.
Además, formo parte de la Campaña Nacional contra la Violencia Ginecobstétrica, desde donde trabajamos para visibilizar una forma de violencia culturalmente aceptada y exigir políticas públicas que contribuyan a erradicarla.
Este sitio reúne mis libros, formaciones, recursos, asesorías, rondas y programas. Todos nacen de una misma búsqueda: mirar aquello que quedó en los márgenes, recuperar información que nos fue negada y abrir conversaciones necesarias sobre cuerpo, salud, tecnología, deseo, autonomía y poder.
Ahora sí, ya tienen un pantallazo de quién soy y de por qué hago lo que hago.
Si tienen alguna duda, pregunta o sienten que puedo acompañarles en algo, pueden escribirme a [email protected].
Bienvenidxs al #LadoB.