Hace cuatro años decidimos no callarnos más

Hace años, cuando empecé mi militancia contra la violencia obstétrica, había algo que no podía entender: ¿cómo nunca se había marchado masivamente contra esta violencia? ¿Cómo el feminismo no abrazaba esta lucha como propia? ¿Cómo, aun teniendo una ley que reconoce algo que en democracia debería ser incuestionable —que todas las mujeres merecemos ser tratadas como seres humanos— la violencia seguía siendo moneda corriente en partos y consultas ginecológicas?

Por suerte, en ese camino me encontré con la Campaña Nacional contra la Violencia Obstétrica. Un grupo de mujeres autoconvocadas que había decidido organizarse para cambiar esta realidad. Eligieron el rojo como color de lucha y un pañuelo con un mandala en el centro como símbolo de unión.

Con ellas encontré comunidad. Un lugar para ponerle nombre a las vulneraciones que había vivido en todos mis partos. Un espacio donde mis sentimientos eran validados y donde mis ideas —incluso las que parecían imposibles— eran recibidas con entusiasmo.

Así fue como, cuando propuse sacar esta lucha a las calles, el paso siguiente fue ponerle fecha: el 17 de mayo. Y cuando planteé la necesidad de hablar de violencia ginecobstétrica para visibilizar el continuo de violencias que atravesamos en toda la atención de nuestros procesos sexuales, reproductivos y no reproductivos, nos animamos también a cambiar el nombre y transformarnos en Campaña Nacional contra la violencia ginecobstétrica.

Hace cuatro años que dedicamos incontables horas de nuestras vidas a esta lucha que quizás hoy nos necesita más que nunca porque como sociedad seguimos naturalizando el dolor en los consultorios ginecobstétricos; seguimos patologizando procesos naturales como la fertilidad, el parto y el climaterio.; seguimos sobremedicalizando cuerpos sin informar el costo físico, emocional y social que muchas veces eso implica.

Y en un contexto de recortes presupuestarios, este entramado de violencias se profundiza. Lo vemos todos los días. También sentimos cada vez más difícil robarle tiempo a nuestras vidas para sostener el activismo cuando, muchas veces, la urgencia pasa por sostener nuestras propias ollas.

Pero seguimos.

Porque somos tercas. Porque sabemos que esta lucha importa. Porque necesitamos sanar nuestras heridas y porque queremos dejarles un mundo mejor a quienes vienen detrás.

Esta lucha te necesita.

Te esperamos mañana 17 de mayo a las 15 hs frente al Congreso. Y si no podés venir, podés sumarte a nuestra Campaña en este grupo de WhatsApp: sumarte acá

También podés seguirnos en redes como @campvgo.

Este 17 de mayo, levantá la voz con nosotrxs.

DIGAMOS JUNTXS:
BASTA DE VIOLENCIA GINECOBSTÉTRICA.

 

 


 

Y para blog, te sugiero una versión más desarrollada y reflexiva, con un inicio más narrativo y un cierre más político:

La lucha contra la violencia ginecobstétrica también es una lucha feminista

Cuando empecé mi militancia contra la violencia obstétrica había algo que me desconcertaba profundamente: no entendía cómo nunca se había marchado masivamente contra esta violencia. No entendía cómo el feminismo todavía no la abrazaba de manera central. No entendía cómo, a pesar de existir una ley que reconoce derechos básicos durante la atención del embarazo, parto y posparto, la violencia seguía siendo parte de la experiencia cotidiana de tantas mujeres.

Con el tiempo entendí algo importante: muchas de estas prácticas están tan naturalizadas que cuesta incluso identificarlas como violencia.

Nos enseñaron que el dolor era parte del trato. Que había que aguantar. Que los cuerpos de las mujeres podían ser intervenidos, corregidos, silenciados o medicalizados sin demasiadas explicaciones. Nos acostumbraron a agradecer por no haber “tenido algo peor”.

En ese recorrido me encontré con la Campaña Nacional contra la Violencia Ginecobstétrica, un colectivo de mujeres autoconvocadas que decidió transformar la indignación en acción. Eligieron el rojo como color de lucha y un pañuelo con un mandala en el centro como símbolo de unión.

Con ellas encontré algo que no sabía cuánto necesitaba: comunidad.

Un espacio donde pude comprender las vulneraciones que había vivido en mis propios partos. Un lugar donde mis emociones eran validadas y donde las ideas que parecían demasiado grandes o demasiado incómodas encontraban escucha y entusiasmo.

De esos encuentros surgieron decisiones fundamentales. Cuando propuse sacar la lucha a las calles, decidimos que el 17 de mayo sería nuestro día de visibilización y denuncia. Más adelante, cuando empezamos a pensar que la violencia no ocurría solo en el parto sino a lo largo de toda la atención de nuestros procesos sexuales, reproductivos y no reproductivos, ampliamos también el nombre y el horizonte político de la Campaña: comenzamos a hablar de violencia ginecobstétrica.

Ese cambio no fue solo semántico. Fue político.

Porque permitió nombrar un continuo de violencias que atraviesa desde la anticoncepción hasta el climaterio; desde la fertilidad hasta la menopausia; desde una consulta ginecológica minimizante hasta una práctica invasiva realizada sin consentimiento informado.

Hace cuatro años que dedicamos innumerables horas de nuestras vidas a esta lucha. Y hoy sentimos que es más urgente que nunca.

Seguimos viviendo en una sociedad que naturaliza el dolor en los consultorios ginecológicos. Seguimos patologizando procesos fisiológicos como el parto, la fertilidad o el climaterio. Seguimos sobremedicalizando cuerpos sin informar adecuadamente sus consecuencias ni respetar plenamente la autonomía de quienes los habitan.

Y mientras tanto, en un contexto de ajuste y recortes presupuestarios, estas violencias se recrudecen.

También se vuelve más difícil sostener el activismo. Porque militar requiere tiempo, energía y recursos. Porque muchas veces estamos intentando sostener nuestras propias vidas mientras denunciamos las vulneraciones del sistema.

Sin embargo, seguimos.

Seguimos porque sabemos que el silencio nunca protegió a nadie. Seguimos porque necesitamos sanar nuestras propias heridas. Seguimos porque no queremos que las generaciones que vienen detrás tengan que vivir lo mismo.

La lucha contra la violencia ginecobstétrica no es un tema sectorial. Es una discusión sobre derechos humanos, autonomía, salud, género y democracia.

Y necesita de todas las voces.

Este 17 de mayo volvemos a decir:
BASTA DE VIOLENCIA GINECOBSTÉTRICA.