Reino Unido acaba de anunciar la prohibición del uso de redes sociales para menores de 16 años. La medida no aparece de la nada: forma parte de una tendencia global que empieza a revisar, con bastante demora, el lugar que estos dispositivos ocupan en la vida de niñas, niños y adolescentes.
A casi veinte años de la llegada del primer teléfono inteligente de la mano de Apple, ya podemos decirlo sin demasiadas vueltas: esta tecnología revolucionó nuestras vidas. Pero no necesariamente en el sentido emancipador que nos prometieron.
Al comienzo parecía la navaja suiza ideal: conexión permanente, GPS, llamadas gratuitas, mensajes instantáneos, cámara, agenda, música, acceso a información y la posibilidad de estar cerca de nuestros seres queridos. Todo en un mismo dispositivo. Todo en la palma de la mano.
Pero eso que parecía una herramienta se transformó en otra cosa.
Una cosa que empezó a llamarnos y a interrumpirnos en todo momento.
Una cosa que aprendió a seducirnos con contenido diseñado a medida para que volviéramos una y otra vez.
Una cosa que empezó a aislarnos de los otros, incluso cuando nos prometía mantenernos conectados.
Nuestra especie cambió radicalmente en muy poco tiempo.
En el deseo comprensible de cuidar mejor a nuestros hijos, les dimos estos aparatos para poder ubicarlos, saber dónde estaban, comunicarnos rápido, sentir que estaban más seguros. Pero, sin darnos cuenta, dejamos entrar a nuestras casas un caballo de Troya.
Pensamos que el peligro estaba afuera: en la calle, en la plaza, en la noche, en los desconocidos. Y mientras tanto, el peligro entraba por la pantalla.
Hoy tenemos una generación de chicos y chicas profundamente afectada. La de quienes nacieron aproximadamente entre mediados de los años noventa y los primeros años de la década de 2010: la primera generación que atravesó su infancia, adolescencia o entrada a la vida adulta en medio de esta revolución digital.
Los indicadores de salud mental adolescente vienen encendiendo alarmas hace años. En Estados Unidos, datos oficiales de 2023 mostraron que cuatro de cada diez estudiantes secundarios reportaron sentimientos persistentes de tristeza o desesperanza, y entre las chicas esa cifra llegó al 53%.
Muchos se perdieron algo fundamental: el juego real con pares, la conversación cara a cara, el aburrimiento fértil, el conflicto cotidiano, la negociación espontánea, la experiencia de aprender con otros cuerpos presentes. Se fueron encerrando en sus cuartos y nosotros creíamos que estaban a salvo.
No se trata de culpar a madres y padres, como intentan hacer descaradamente algunas de estas compañías cuando enfrentan juicios por los daños que provocaron sus plataformas. La mayoría de las familias actuó con la información que tenía. Si hubiésemos sabido que estas aplicaciones estaban diseñadas por algunos de los mayores expertos del mundo en manipulación de la conducta humana, tal vez lo hubiéramos pensado dos veces.
No es casual que las demandas judiciales contra estas compañías se multipliquen. En Estados Unidos, alrededor de 1.200 distritos escolares demandaron a Meta, TikTok, Snap y YouTube/Google por su presunta responsabilidad en la crisis de salud mental infantil y adolescente. Más de 25 fiscales generales estatales también impulsaron acciones contra plataformas como TikTok por prácticas consideradas dañinas para menores.
Muchas familias sienten que perdieron a sus hijos. Algunas los perdieron de manera literal. Otras los perdieron simbólicamente: los vieron irse de a poco hacia un mundo donde el cuerpo está quieto, la mirada fija, el deseo capturado y la vida suspendida.
Pero no solo expusimos a una generación a enormes riesgos. También nos estamos perdiendo a nosotros mismos.
Si nos detenemos un momento y miramos con sinceridad nuestra vida cotidiana, podemos sentir el pulso de esta adicción en nuestras propias venas. Según una encuesta de Reviews.org publicada en 2026, las personas en Estados Unidos revisan el celular, en promedio, 186 veces por día: casi una vez cada cinco minutos mientras están despiertas.
Volvemos al celular una y otra vez. Lo abrimos sin saber para qué. Revisamos notificaciones que no importan. Saltamos de una aplicación a otra. Picoteamos las pantallas como pájaros hambrientos.
Estamos tan pegados como nuestros jóvenes, aunque a veces nos tranquilice pensar que el problema es solo de ellos. No sabemos bien cómo empezar a despegarnos de esta tela de araña porque el dispositivo se volvió trabajo, vínculo, entretenimiento, orientación, archivo, agenda, refugio y fuga.
Todo junto.
Todo el tiempo.
Estamos frente a una verdadera pandemia de adicción. Una pandemia silenciosa, normalizada, socialmente aceptada. Una pandemia que no se presenta con fiebre, pero sí con ansiedad, dispersión, insomnio, aislamiento, irritabilidad, comparación permanente, pérdida de deseo y dificultad creciente para estar presentes.
Lo más grave es que recién ahora empezamos a dimensionar el tamaño del problema.
Por eso comienzan a aparecer medidas que intentan poner límites: la decisión de Reino Unido de prohibir redes sociales a menores de 16 años; el giro de Suecia hacia una educación más analógica, con más libros y menos pantallas; o la experiencia de Greystones, en Irlanda, donde familias y escuelas acordaron comunitariamente retrasar el uso de smartphones hasta el ingreso a la secundaria.
Estas medidas son importantes porque empiezan a correr el eje. El problema deja de ser pensado como una falla individual —“no tenés fuerza de voluntad”, “no sabés controlar a tus hijos”, “no te organizás bien”— y empieza a ser entendido como lo que realmente es: un problema político, cultural, económico y comunitario.
Pero la respuesta no puede venir solamente desde arriba.
También necesitamos empezar por nuestros círculos íntimos. Hablarlo en las casas. En las escuelas. En los grupos de madres y padres. En las amistades. En los espacios de trabajo. Dejar de naturalizar que haya una pantalla en cada comida, en cada espera, en cada silencio, en cada momento de incomodidad.
Está muy bien que los jóvenes no accedan a redes sociales hasta determinada edad. También está muy bien que empecemos a preguntarnos seriamente qué tipo de acceso queremos habilitar después, bajo qué condiciones y con qué acompañamiento. Pero hay algo más grande todavía: tenemos una generación enorme que necesita ser reeducada en la presencia.
Los adultos también estamos en crisis. Cansados, sobreexigidos, adictos a las pantallas, estamos atrapados entre la necesidad de trabajar, comunicarnos, sostener vínculos, vender, informarnos y, al mismo tiempo, recuperar algo de silencio interior. También nosotros necesitamos recuperar la presencia.
El problema es enorme. El desafío también.
Por eso no alcanza con apagar notificaciones, aunque pueda ser un primer paso. No alcanza con dejar el celular en otra habitación, aunque ayude. Necesitamos volver a pensar juntos qué lugar queremos que ocupen estas tecnologías en nuestras vidas.
Necesitamos recuperar soberanía sobre nuestra atención.
Necesitamos volver a encontrarnos.
La salida de este laberinto no es individual. Es colectiva. Porque si la adicción fue diseñada, la recuperación también tiene que ser construida.
Y esa construcción empieza cuando dejamos de pelear en soledad contra una máquina pensada para ganarnos, y empezamos a organizarnos en comunidad para volver a elegir cómo queremos vivir.
