Como ya muchxs saben, hace más de un año vengo trabajando en volver a poner al celular en su lugar de herramienta y en reconfigurar el lugar que ocupa en mi vida. Porque, como le sucedió a muchxs, lo tomó sin permiso y sin avisarme que iba a utilizar técnicas bastante desleales para acaparar mi atención y mantenerme pegada a la pantalla.
En septiembre de 2025 decidí tomar el toro por las astas y dedicar buena parte de mi energía a construir una relación más saludable con la tecnología.
Más de un año después, todavía sigo en la lucha.
He tenido algunas conquistas importantes: pasar varias veces 24 horas sin el celular, sacar el dispositivo de mi cuarto, no usarlo jamás mientras manejo y tratar de espaciar las consultas a WhatsApp y a las redes sociales mientras trabajo. Con esfuerzo y constancia, algunas de esas conductas se convirtieron en costumbre.
También volví a leer como solía. Siempre tengo un libro encima para lidiar con esa ansiedad que a veces me produce el aburrimiento y evitar que la mano vaya automáticamente hacia el celular. La lectura me ayudó a recuperar, poco a poco, mi capacidad de enfocarme. Y también ahí siento que hice grandes avances.
Sin embargo, todavía siento el pulso de su llamado.
Le puse ese nombre a esa necesidad rítmica de volver al celu que se me instaló en el cuerpo, casi como un automatismo, y que todavía no consigo erradicar. Me molesta profundamente. Me molesta porque no lo controlo. Porque interrumpe lo que estoy haciendo. Porque me saca del presente. Porque me pone en alerta incluso cuando no está pasando nada.
Entonces decidí medirlo.
Si quieren hacerlo en sus casas, les propongo un pequeño experimento. Elijan una hora de su jornada en la que puedan estar atentxs a lo que sucede sin necesidad de chequear el celular. Y cada vez que sientan ganas de agarrarlo, aunque finalmente no lo hagan, hagan una pequeña marca en un papel.
Cuenten las veces que sintieron el llamado.
Yo hice el ejercicio durante dos horas. Los resultados están en la imagen que acompaña este texto: durante la primera hora sentí el impulso de agarrar el celular, en promedio, cada 8,5 minutos. Durante la segunda, cada 10 minutos.
El pulso sigue presente en mis venas. La diferencia es que, la mayor parte del tiempo, ahora puedo reconocerlo y no seguirlo.
Por las mañanas de trabajo ya me ordené bastante. El problema aparece más durante el resto del día, cuando entro en los quehaceres cotidianos y me pierdo más fácilmente en el impulso. Pero ya lo vi. Y estoy trabajando en eso.
No sé cómo les irá a ustedes si hacen el experimento. Lo que sí sé es que, cuando empezamos a mirar nuestros propios hábitos, aparecen algunas preguntas incómodas: ¿cuánto de nuestra atención estamos entregando, casi sin darnos cuenta? ¿Cuánto de nuestra vida cotidiana pasamos pegados a las pantallas?
Un estudio reciente publicado en Proceedings of the National Academy of Sciences registró objetivamente el uso de smartphones de 10.099 adultos de Estados Unidos durante cuatro semanas.
Encontraron que la mediana de uso de aplicaciones era de 364 minutos por día: poco más de 6 horas diarias.
Si llevamos ese número a un año, son unas 2.190 horas: alrededor de 91 días.
Tres meses al año interactuando con aplicaciones en el celular.
Como sociedad empezamos a alertarnos —con razón— sobre el impacto que la hiperconectividad está teniendo en niñxs y adolescentes. Hablamos de sus horas de pantalla, de su atención, de sus vínculos, de su capacidad de aburrirse.
Pero ¿qué hacemos lxs adultxs?
Porque somos nosotrxs quienes modelamos buena parte de esos hábitos mientras caminamos por la calle mirando una pantalla, revisamos WhatsApp mientras trabajamos, desbloqueamos el teléfono sin saber muy bien para qué o sentimos que necesitamos tenerlo cerca todo el tiempo.
Y acá aparece, para mí, la pregunta más difícil:
¿Cómo hacemos para recuperar nuestra atención?
¿Cómo hacemos para recuperar nuestro presente?
Yo llevo más de un año en esta batalla y puedo decirles que el enemigo es bastante más difícil de lo que imaginaba.
No se trata solamente de usar menos el celular.
Se trata de recuperar la capacidad de no sentir que tenemos que mirarlo.
De poder aburrirnos sin buscarlo.
De poder trabajar sin interrumpirnos.
De poder conversar sin que una vibración nos saque de la escena.
De poder estar donde estamos.
Ese, para mí, es el verdadero desafío.
¿A ustedes también les pasa?
Las leo con atención.
