Hace algunos años inicié una práctica personal a la que llamé “24 hs”.
A mis 46 años, como madre de tres hijos y trabajadora, necesitaba crear espacios de silencio prolongado para poder escucharme. No aparecían solos: había que producirlos.
Así empecé a escaparme a la naturaleza durante un día entero, de manera periódica, durante varios meses. En el ruido de lo cotidiano no encontraba espacio para escucharme de verdad: para ver qué necesitaba, qué contratos implícitos en mi vida seguían vigentes y cuáles ya habían caducado; para mirar mi recorrido y preguntarme si era momento de seguir por el mismo camino o pegar un volantazo.
Esos meses fueron clave: me ayudaron a ponerme al día con mis emociones y a mirarme al espejo, realmente, por primera vez en muchos años.
Hace unos meses sentí que necesitaba volver a ese ejercicio. Pero esta vez no era para alejarme del ruido cotidiano sino para escapar del celular.
¿Por qué? Porque sentía —y sigo sintiendo— que no me hace bien. Hace tiempo. Y, sin embargo, no puedo dejarlo.
Ahí empecé a reconocer rasgos muy parecidos a los de una adicción en mi vínculo con el dispositivo. Y no sabía cómo parar. Más aún: lo veía en mis hijos, pero me sentía un fraude pidiéndoles que se alejen o lo usen menos cuando yo misma no lograba controlarme. Durante meses maceré la idea de reformular mi vínculo con el celular. Hice pequeños cambios. Fracasé, sistemáticamente.
Hasta que, en septiembre del año pasado, decidí tomar el toro por las astas y hacer todo lo necesario para poder revincularme con esta tecnología de un modo más sano.
Porque lo cierto es que no todo lo que trajo la era de la hiperconexión es basura. Yo estoy acá escribiendo estas líneas gracias a que, catorce años atrás, internet me dio información que de otro modo me hubiera sido imposible encontrar. Información que, literalmente, me salvó la vida.
Pero muchos años pasaron desde mi primera vuelta por la World Wide Web. Y junto con herramientas valiosas aparecieron tecnologías dañinas y perversas, al servicio del consumismo capitalista, que nos están trastornando de forma profunda y, en muchos casos, determinante.
Por eso creo que es hora de tomar conciencia del cambio, de abrazarnos como especie y ayudarnos a reconstruir un nuevo vínculo con esta tecnología.
El plan
Decidí que el proceso debía ser gradual, acorde a mis necesidades y objetivos. Entonces me organicé.
Lo primero fue elegir un diario íntimo que me acompañara en esta travesía. Me sentía adicta y sabía que, cuando una decide cortar con una adicción, aparece la abstinencia. Para esos momentos, el diario era clave. Siempre tuve uno, pero esta vez iba a acompañarme a todos lados, para resistir la tentación de volver al celular.
Después establecí reglas posibles, realistas, que me ayudaran a disminuir el consumo. Comparto algunas:
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No usar el celular hasta estar bien despierta.
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No usarlo en los semáforos.
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No usarlo caminando por la calle.
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Programar publicaciones en Instagram y no quedarme pendiente de “cómo les fue”.
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No mirar quién vio mis estados en Instagram o WhatsApp.
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No chequear mails ni mensajes después de cenar.
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Hacer una cosa a la vez (por ejemplo, no trabajar con WhatsApp Web abierto).
También sumé herramientas concretas:
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Un reloj despertador, para poder dormir lejos de la tecnología y no tenerlo a mano apenas me despierto.
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Tener un libro que me guste siempre conmigo, para lidiar con la ansiedad que me produce no estar chequeando el celular.
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El diario, con el mismo objetivo.
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Organizar espacios y actividades libres de celular: bailar, nadar, tocar el piano.
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Volver a la presencialidad con amigxs y conocidxs.
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Ponerle al celular una gomita alrededor, que me obligue a detenerme y preguntarme si realmente quiero/necesito agarrarlo.
Ponerle palabras a lo que pasa
Empecé a investigar. A leer. A nombrar. Palabras como hiperconectividad, infoxicación, ciberdependencia, autoengaño, reeducación empezaron a tener protagonismo. Nombrar me ayudó a entender lo que me pasaba y a ordenar la experiencia. Leo —y sigo leyendo— para comprender mejor este proceso y, eventualmente, poder ayudar a otrxs.
Los primeros meses fueron geniales. Bajé el consumo, adquirí nuevas costumbres y pude ver con claridad el pulso de la adicción: cómo el cuerpo, rítmicamente, me pedía ir al celular. Sentí que estaba tocando el núcleo del problema: encontrar la manera de cortar ese llamado, de cambiar la dirección del uso del celular. Porque, cada vez más, sentía que no era yo quien lo usaba, sino que yo estaba siendo usada.
Y ahí apareció el segundo gran desafío: me di cuenta que me resultaba muy difícil estar lejos de mi celular por mucho tiempo. Entonces me resultaba muy complicado cortar el pulso. Las autoexcusas inundaban mi cabeza. La frustración de fallar era enorme.
Entonces recordé mi vieja estrategia de las 24 horas y me dije: tengo que estar 24hs sin mi celular.
24 horas sin él
Durante mucho tiempo me resultó imposible agendar el momento. Los chicos. El trabajo. Cualquier cosa parecía imprescindible. Las autoexcusas, otra vez.
Podemos estar sin el celular. Lo que cuesta es atravesar la angustia que nos produce la idea de no tenerlo.
Finalmente encontré el hueco. Lo apagué.
Y algo inesperado ocurrió: fui feliz. Me sentí liviana. Contenta. Libre.
Claro que apareció el impulso de buscarlo. Pero, al saber que no estaba —que no era posible acceder—, ese pulso se calmaba. Las horas pasaron rápido. Fui a nadar. Visité a mi padre en el geriátrico sin refugiarme en la pantalla para anestesiar la angustia. Compartí una cena con amigos. Leí una novela. Me fui a dormir.
Nada grave ocurrió.
No hubo emergencias.
Todo pudo esperar.
Ese día entendí cuán posible y saludable es no estar todo el tiempo disponible. Y cuánto nos cuesta permitirnos ese límite.
El pulso no desapareció. Sigue acá.
Pero ahora lo veo con más claridad. Y estoy decidida a sacármelo de adentro.
Se viene un nuevo #ladoB… ¿Se nota?
Mientras tanto… ¿Hay alguien más por ahí hartx de su celular y sin saber por dónde empezar a reconstruir su vínculo con él?
Les leo en los comentarios. Siempre con atención.
