Envejecer es una cuestión de género.
¿Por qué? Porque las expectativas sociales sobre el paso del tiempo son profundamente distintas para varones y para mujeres.
En las personas con pene, las arrugas, las canas e incluso la calvicie suelen ser leídas como atributos sexies, interesantes, deseables. George Clooney con sus canas, Leonardo DiCaprio con su cuerpo alejado del ideal juvenil, Sean Connery y su calvicie son algunos ejemplos que la propia industria de Hollywood nos ofrece sin conflicto alguno. El mensaje es claro: ellos pueden envejecer y seguir siendo protagonistas.
Las mujeres, en cambio, no tenemos permitido envejecer. Muchas de las actrices de Hollywood que comenzaron a hablar públicamente sobre la menopausia lo hacen desde cuerpos intervenidos, atravesados por botox, rellenos y cirugías en casi cada centímetro visible. El subtexto que la industria cultural nos transmite una y otra vez a mujeres y personas con útero es contundente: lo que deberíamos estar haciendo es evitar, por todos los medios posibles, que el paso del tiempo se note.
Son pocas las que se animan a sostener sus carreras con cuerpos no intervenidos. Y no se trata de señalar ni culpar a quienes eligen transitar el camino que nuestra cultura propone —tratamientos estéticos, maquillaje permanente, entrenamientos extremos o dietas violentas—, sino de visibilizar la magnitud del mensaje que recibimos, para poder reconocerlo y, quizás, buscar lugares más amorosos donde posar la mirada.
Por eso valoro tanto cuando actrices de la industria salen a hablar de estos temas. Les reconozco una enorme valentía. Si en general ya nos cuesta reconciliarnos con nuestros cuerpos y con el paso del tiempo, para quienes viven y trabajan dentro de esta maquinaria cultural el desafío es todavía mayor.
Cuando Kate Winslet —nuestra heroína de Titanic y de tantos otros éxitos— afirma que quiere mostrar su rostro con todas las arrugas de sus cincuenta años porque desea liderar con el ejemplo, no puedo evitar conmoverme. En una entrevista para la revista Elle España, sostuvo que es importante que las generaciones más jóvenes vean mujeres normales. Y tomó una decisión profundamente política: no ajustarse a los estándares que exige la industria y dejar su cuerpo sin intervenciones.
En lo personal, cada vez que veo el rostro de una actriz que admiro deformarse por la hinchazón del botox, los rellenos o las cirugías, siento una tristeza profunda y una inquietud difícil de nombrar. Me cuesta sostener la experiencia audiovisual sin enojo, sin dolor, sin sentir el peso de ese lugar espantoso que esta cultura patriarcal nos asigna.
Por eso agradezco profundamente a las pocas mujeres audaces que no solo hablan de esto, sino que además lo encarnan en sus propios cuerpos.
Todo esto lo desarrollo con mayor profundidad en el capítulo sobre ideales de belleza y climaterio de mi libro El #ladoB de la menopausia, donde analizo cómo el mandato de juventud eterna impacta en nuestros cuerpos, en nuestra salud y en la forma en que transitamos el paso del tiempo, especialmente en esta etapa vital.
Y a ustedes, ¿qué les genera ver esos rostros y cuerpos alterados?
Lxs leo con atención.
