En 2002, un grupo de activistas por los derechos de las mujeres logró una victoria histórica frente a la industria farmacéutica: consiguieron que el fármaco con el cual se medicaba por protocolo a casi todas las mujeres cercanas a la menopausia obtuviera una Advertencia de Alerta Máxima (1) sobre sus efectos secundarios en su prospecto. Esta etiqueta equivale a la que llevan en la actualidad los paquetes de cigarrillos y constituye el paso previo a que saquen un producto del mercado.
La primera gran victoria del activismo feminista por el acceso a la información fue en 1970 cuando lograron que se incluya un listado de los posibles efectos secundarios en los envases de las píldoras anticonceptivas que hasta entonces no alertaban sobre la posibilidad de desarrollar trombosis, cáncer de mama, baja libido, entre muchos otros posibles efectos adversos. Fue el activismo feminista el que abrió el camino para que todos los medicamentos incorporaran un prospecto. Pero la industria aprendió rápido: convirtió esas advertencias en papeles ilegibles, más diseñados para evitar juicios que para informar.
Con los tratamientos hormonales para la menopausia, la historia volvió a repetirse. A medida que se acumulaban investigaciones, comenzaron a observarse asociaciones entre el uso de estas terapias y un aumento en la probabilidad de cáncer de mama, cáncer cervical, accidentes cerebrovasculares y otros eventos adversos.
Ante la falta de evidencia independiente, un grupo de mujeres impulsó la Iniciativa por la Salud de las Mujeres (Women’s Health Initiative - WHI) dentro del Instituto Nacional de Salud de Estados Unidos. Este estudio científico, iniciado en 1991 y con la participación de más de 160 000 mujeres, se propuso evaluar los efectos de las terapias de reemplazo hormonal —tanto con estrógenos solos como combinados con progestágenos—.
Los resultados, publicados en 2002, contradecían el relato dominante del mercado farmacéutico: las mujeres que tomaban estrógeno combinado con progestina presentaron un 26 % más de riesgo de cáncer de mama, 29 % más de enfermedad coronaria, 41 % más de accidente cerebrovascular y 113 % más de tromboembolismo pulmonar (2) que el grupo placebo. Además, el estudio desmintió una de las promesas más repetidas: lejos de prevenir el Alzheimer o las demencias, mostró que iniciar la terapia después de los 65 años aumenta el riesgo de deterioro cognitivo.
Fue el estudio más grande jamás realizado sobre terapias hormonales y debía extenderse por ocho años, pero las conclusiones fueron tan contundentes a los seis años de la investigación que decidieron frenarla para proteger la salud de las participantes.
El impacto fue inmediato: una bomba de miedo en la atención ginecológica del climaterio. Muchos médicos dejaron de recetar estas terapias, salvo en casos específicos. Las mujeres que las tomaban enfrentaron el miedo y los síntomas de abstinencia que provoca suspender un tratamiento hormonal de un día para el otro; y quienes nunca las habían usado reafirmaron su decisión de no hacerlo. Y las ventas, obviamente, se desplomaron. Pero la industria farmacéutica no iba a dejar ir tan fácilmente un negocio multimillonario que, antes del WHI generaba alrededor de 5.000 millones de dólares anuales de ganancias. La periodista francesa Sabrina Debusquat, en su libro J’arrête la pilule (Paro con la píldora, 2017), lo resume de manera certera:
“Convertir a las hormonas sintéticas en la solución para todas las etapas de la vida de una mujer —de la adolescencia a la posmenopausia— es el negocio ideal de la industria farmacéutica.”
Así comenzó una larga estrategia para desacreditar el WHI y reinstalar el consumo de hormonas bajo nuevas formas.
Primero, argumentaron que la población del estudio había sido mal seleccionada, y que los resultados no aplicaban a las mujeres en la etapa previa a la menopausia. Sin embargo, innumerables estudios correlacionan su uso con aumento de probabilidad de cáncer de mama, cáncer de endometrio, de derrame cerebral, trombosis, entre otros. También sucede lo mismo con los anticonceptivos. ¿Por qué no sucedería lo mismo con el grupo etario perimenopáusico?
Pero la industria utilizó este argumento como muletilla de batalla y empezó un proceso de reformulación discursiva y rebranding científico de las terapias hormonales. Así, hace solo unos años comenzamos a escuchar hablar de la perimenopausia, concepto que hace una década no existía.
En 2011, la profesora de farmacología Adriane Fugh-Berman, directora de la organización PharmedOut (Universidad de Georgetown), analizó 50 artículos científicos publicados después del WHI y encontró que la mitad tenían un tono promocional: minimizaban los riesgos y exageraban los beneficios. También reveló que 8 de los 10 autores declararon haber recibido dinero de las farmacéuticas que comercializaban estas terapias.
Luego llegaron las nuevas estrategias de mercado: versiones con “menor carga hormonal”, vías alternativas de administración como parches o cremas, y el lanzamiento de las llamadas “hormonas bioidénticas”, presentadas como naturales y seguras, pero que según la FDA (3) no existe evidencia de que sean más seguras o efectivas que las sintéticas convencionales.
Y esta semana, la lucha por el acceso a la información para tomar decisiones soberanas sobre nuestra salud reproductiva y no reproductiva, sufrió uno de sus golpes más duros: con un discurso de aparente tono feminista, la FDA anunció la eliminación de la Advertencia de Alerta Máxima en los envases de las terapias hormonales.
Según el Departamento de Salud y Servicios Humanos de EE.UU. y la FDA, esta medida “reivindica a las mujeres” y “devuelve la ciencia a su lugar”. El mensaje fue claro: las hormonas vuelven para salvarnos de los estragos de la menopausia y devolvernos aquello que —según ellos— la “mala ciencia” nos arrebató. Lo que no recordaron esos voceros es que fue justamente el feminismo quien impulsó el WHI y los motivos por los que se impulsó esta iniciativa.
En el discurso de presentación de la noticia, prometieron “salvarnos de morir antes”,” salvar nuestros matrimonios del divorcio”, e incluso evitar que las niñeces “se queden sin sus madres”…
Rápidamente, especialistas reconocidas del ámbito de la salud salieron al cruce. La revista Mother Jones de EE.UU recogió testimonios importantes. Para Adriana Sandra Dobs, profesora de Medicina y Oncología en la Universidad Johns Hopkins, estas afirmaciones son bastante ridículas:
“Es cierto que puede haber cambios de humor que afecten una relación, pero culpar a la menopausia de un divorcio es estirar demasiado las cosas.”
La doctora Esther Eisenberg, del Centro Médico de la Universidad Vanderbilt, fue tajante:
“La menopausia no tiene nada que ver con la esperanza de vida de una mujer.”
Y la ginecóloga Jen Gunter, autora de The Menopause Manifesto (El Manifiesto de la Menopausia, 2021), recordó que, en promedio, las mujeres viven más que los hombres.
“Nada nos mantiene jóvenes, salvo dejar de fumar, hacer ejercicio y mejorar el estilo de vida. Hay demasiado marketing alrededor de las hormonas: creemos que van a curar todo, y no es así.” advierte la doctora Dobs.
Además, lo cierto es que millones de mujeres no pueden ni deben consumir estas terapias, ya sea por antecedentes de trombosis, ACV o cáncer de mama. Y otro tanto no las necesita, porque no presenta molestias.
Una vez más, en nombre de la libertad y el bienestar femenino, el mercado se apropia del discurso feminista para vender control y dependencia.
La advertencia de alerta máxima que tenían las terapias de reemplazo hormonal no limitaba el acceso a estos fármacos sino que informaba acerca de los riesgos que tiene consumirlos para que tomemos decisiones sobre nuestra salud con todas las herramientas. Desde que fueron lanzados al mercado estos tratamientos, como las pastillas anticonceptivas, han llovido estudios que correlacionan su uso con aumento de probabilidad de cáncer (mama, cervical), de accidente cerebro vasculares, de depresión, etc. Y las grandes farmacéuticas han tenido que pagar millones de dólares a miles de demandantes para poder seguir en el mercado. En 2009, por ejemplo, Wyeth, subsidiaria de Pfizer, acordó pagar más de 100 millones de dólares para resolver cerca de mil demandas que alegaban que su terapia hormonal Prempro había causado cáncer de mama.
Lo que hace un cuarto de siglo se conquistó desde la ciencia y el feminismo, hoy la industria farmacéutica —en alianza con organismos gubernamentales— vuelve a ponerlo en cuestión. Y lo más perverso de todo es que nos lo presentan como una victoria feminista.
Esto nos exige estar alertas, despiertas, conscientes de los intereses que mueven el mundo: ni a la FDA ni a las corporaciones les interesan los derechos de las mujeres y menos aún que no suframos en nuestras menopausias; solo usan ese discurso para engordar sus billeteras.
El 24 de junio del 2022 la Corte Suprema de Estados Unidos revocó Roe v. Wade (1973), eliminando la protección constitucional del derecho al aborto. Esta semana la FDA eliminó una herramienta clave para tomar decisiones sobre nuestra salud reproductiva. No es casual que, mientras retroceden los derechos reproductivos, se promuevan discursos que medicalizan el cuerpo femenino bajo la bandera del empoderamiento. Toda ola feminista trae su ola reaccionaria. Y cuidado con esta, porque viene cargada de jerga feminista.
Notas al pie
1. Black Box Warning, el nivel más alto de advertencia de la Administración de Alimentos y Medicamentos de EE.UU, FDA, antes de retirar un fármaco del mercado.
2. En términos absolutos, esto equivale a 8 casos más de cáncer de mama, 7 más de infarto o enfermedad coronaria, 8 más de ACV y 18 más de trombosis o embolia pulmonar por cada 10 000 mujeres tratadas durante un año. Aunque los números puedan parecer pequeños, en epidemiología representan un aumento significativo del riesgo cuando se extrapolan a millones de usuarias.
3. Food and Drugs Administration: Organización de EE.UU encargada de la aprobación de medicamentos y alimentos.
