Entrados mis 20, no recuerdo en qué contexto, empecé a hablar con mi mamá sobre mi llegada al mundo. El trabajo de parto había comenzado en su casa, pero luego se trasladó a un hospital de Belgrano R. Su experiencia anterior con mi hermano no había sido buena: el cordón enredado en su cuello hizo que el pasaje por el canal de parto fuera largo y trabajoso. Esta vez, mi mamá iba con miedo. No solo el miedo por su vida y la de su bebé, sino también el miedo a revivir ese dolor, ahora conocido.
Pero esta segunda vez trajo sorpresas. Tras un trabajo de parto más corto y menos doloroso, todo estaba listo para la expulsión del bebé cuando mi mamá se soltó, viajó a otra dimensión a buscarme y me trajo con un orgasmo. “Se me escapó un orgasmo”, me dijo.
En mis veintitantos, escuchar a mi madre hablar de orgasmos —y más aún en el momento de mi nacimiento— me generó incomodidad. Como dicen los gringos: too much information (más información de la necesaria).
Años más tarde, tras procesar las heridas que me dejaron mis intentos de parto que terminaron en cesáreas innecesarias, pude volver a esa anécdota y darle el lugar que merecía. Vi que mi cuerpo era testigo de la dimensión de lo arrebatado: guarda la energía y la bendición de un orgasmo, pero también las cicatrices físicas y emocionales de los partos institucionalizados. Fui maltratada, sobremedicalizada, torturada, violada. Me robaron, como a la gran mayoría, la posibilidad de bendecir a mis hijos con un orgasmo. Llevo en los huesos la verdadera dimensión de lo que nos arrebatada este sistema a la hora de parir.
Tardé muchos años en comprender el daño sufrido. Mi cuerpo lo sabía, en lo profundo estaba clarísimo… pero recién en la militancia pude ponerle palabras a la magnitud de esa herida. Entendí que no sanará del todo, pero llevarla a la luz, decirla, sentirme validada en mi experiencia, me ayuda a cicatrizar.
A mi madre se le “escapó” un orgasmo porque lo que se espera en el hospital —y lo que esta cultura nos cuenta sobre los partos— es que suframos. Porque es de esa energía, sumada a la insatisfacción y a la frustración con nuestros cuerpos, de donde se alimenta el sistema para moldearnos como mujeres dóciles y serviles. Por eso, recuperar nuestros partos es profundamente revolucionario: es recuperar la soberanía sobre nuestros cuerpos, nuestro derecho al placer, nuestra voz.
Esta es la razón por la que milito contra la violencia ginecobstétrica. Porque cambiar la forma en la que nacemos es, como bien dijo Michel Odent, la manera de cambiar el mundo.
Hoy también entendí que ese regalo explica por qué todo lo que hago es #ladoB. Porque llevo en mí la rebeldía de lo que “no debería ser”. Traigo luz donde esperan oscuridad. No es un camino fácil. Muchas veces me siento sola, incomprendida. Pero sigo, con una tenacidad cuya raíz desconozco, aunque intuyo que viene de esa otra dimensión que me bendijo con un orgasmo.
