El llamado “rejuvenecimiento vaginal” se volvió tendencia, especialemte entre mujeres mayores de 45 años que transitan el climaterio.
Este conjunto de tratamientos —que incluye láser, cremas, inyecciones y otras técnicas— promete devolver a la vulva su elasticidad y aliviar una batería de síntomas vinculados al recientemente acuñado “síndrome genitourinario”: sequedad, irritación, dolor en las relaciones sexuales vaginales, entre otros.

Proveer soluciones a las molestias vulvovaginales que pueden aparecer en este período —u otros— es, en principio, una actitud noble por parte del sistema médico y la industria farmacéutica.

Sin embargo, a mi entender, este tema tiene un #ladoB al que resulta imprescindible llevar luz, si queremos decidir soberanamente sobre nuestra salud sexual y (no) reproductiva.

 

El mito del rejuvenecimiento

Por un lado, está el hecho mismo de denominar estos tratamientos como “rejuvenecimiento”.  Rejuvenecer es imposible. Cualquier crema o técnica que prometa eso, miente.

Las tecnologías estéticas, cosméticas o quirúrgicas pueden devolver algo que parezca más joven en la superficie, pero el proceso general de envejecimiento no se detiene. Podemos suavizar la textura, pero el tiempo sigue su curso.

 

La vulva también bajo la lupa del mandato antiedad

El problema no es el paso del tiempo, sino la exigencia de disimularlo —incluso— en nuestra vulva. Lo preocupante de esta nueva “cosmética vulvar” es que traslada a nuestra genitalidad los mismos ideales antiedadistas que ya padecemos desde niñas.

Como si también nuestra vulva tuviera que “parecer joven” para tener valor. Nos invitan a seguir la lógica de ser para el afuera, a objetualizarnos para ser deseadas, en lugar de habitar nuestro propio deseo.

 

Un mercado feroz que vende insatisfacción

Pero, obviamente, el problema no somos nosotras. Hasta Claudia Schiffer, en su esplendor de los 90, probablemente sentía que no era suficiente.

Los ideales de belleza (delgadez, la juventud, etc.) son funcionales a un sistema político y económico que nos necesita vulnerables para seguir explotándonos física y emocionalmente.

Y, como era de esperar, el mercado encontró en las mujeres menopáusicas un nuevo nicho rentable. Según Forbes, la industria del bienestar para mujeres mayores de 45 años mueve más de 600 mil millones de dólares al año. Y para sostener ese negocio, se alimentan discursos de falla e insatisfacción: primero nos convencen de que algo en nosotras está roto, luego nos ofrecen la solución en forma de cosmético o pastilla.

 

Cuando la venta le gana a la ciencia

Y, por supuesto, la urgencia de vender suele ser más fuerte que la de investigar. En 2018, la Food and Drug Administration (FDA) de Estados Unidos emitió una alerta desaconsejando el uso de láser vaginal con fines estéticos, por el riesgo de quemaduras y otras complicaciones. Aun así, se sigue ofreciendo como moneda corriente en clínicas de todo el mundo.

Lo mismo sucede con las llamadas “hormonas bioidénticas”, que no cuentan con aprobación de la FDA, pero se comercializan como caramelos —caramelos muy caros— prometiendo salud y vitalidad.

 

Ética, salud y deseo

Entonces, vale preguntarse:
¿“Rejuvenecer” la vulva es un tratamiento médico o estético?
¿Lo hacemos por nosotras o por cumplir una obligación social de mantenernos sexualmente activas?

Si el clítoris no envejece y es el órgano clave de nuestros orgasmos: ¿tratar de mantener la vulva “joven” no está alineado a la cultura falocéntrica en la que crecimos?

Y no olvidemos algo fundamental: en la consulta ginecológica nos desnudamos frente a un desconocido que observa nuestros órganos sexuales en detalle. ¿Es ético que nos propongan “rejuvenecer” nuestras vulvas? Y muchas veces estos ofrecimientos vienen sin que los pidamos...

No, no es ético y es violencia ginecobstétrica. Esa violencia culturalmente aceptada e invisibilizada que construye como normales muchos abusos del personal de salud: el trato deshumanizado, el exceso de medicalización y la patologización de procesos fisiológicos. Una violencia que se expresa tanto en la consulta ginecológica como en la obstétrica, y que atraviesa nuestros cuerpos y experiencias sin que casi nadie la nombre.

 

El patriarcado en la consulta ginecobstétrica

No niego que muchas personas tengan desafíos importantes relacionados con el suelo pélvico, la sequedad o el dolor, que requieren acompañamiento profesional. Pero me preocupa que el foco esté puesto en los ideales nocivos de lo que “debería ser” una vulva, en lugar de centrarse en la salud y el bienestar reales de las consultantes.

Por eso, lxs invito a aguzar el oído, escucharse, validar su intuición, investigar y sacar sus propias conclusiones.
Porque, aunque no siempre lo notemos, la consulta ginecobstétrica no es un territorio neutral: está profundamente atravesada por intereses comerciales y farmacéuticos. Y sí, todavía allí también reina el patriarcado en su máximo esplendor.