Recuerdo que, hasta hace no mucho, me enorgullecía mi capacidad de multitasking. Podía hacer varias cosas al mismo tiempo y, en la mayoría de los casos, hacerlas bien. Escribía un reporte para el trabajo mientras coordinaba con la niñera el almuerzo, organizaba una cena con amigas y respondía comentarios en redes sociales. Todo en cuestión de minutos.

Lo veía como una virtud.
Una habilidad que me definía.

Por más que se abrieran múltiples frentes, no perdía a ninguno de vista. Trabajaba fulltime, maternaba a dos hijos, sostenía actividades propias y de ellos y a una pareja que muchas veces implicaba otra demanda más de cuidado… y yo lograba sostener todo. De pie.

En esta vida multifrente, el celular era mi aliado clave. En un mismo dispositivo tenía contacto con mis seres queridos, mis jefes y múltiples herramientas para resolver todas las demandas cotidianas: el despertador, el gps, el banco, la música… Cada vez más aparatos perdían su razón de ser y eran absorbidos por el celular. Y cada vez el dispositivo estaba más presente en distintos momentos de mi cotidiano.

Pero con el tiempo, algo empezó a cambiar. Empecé a leer menos. A no poder estar sin hacer nada; a sentir que cada momento tenía que ser aprovechado, optimizado, exprimido. Me sentía más inquieta, ansiosa, esperando siempre alguna novedad que venga a rescatarme de mi cotidiano. Hasta que un día me di cuenta de algo que me incomodó profundamente: no podía ver un capítulo de 30 minutos de una serie sin agarrar el celular.

Ahí entendí que tenía un problema: mi atención se había fragmentado. No podía sostener el foco en una sola actividad por más de 15 minutos. Necesitaba volver al celular. Chequear. Ver si algo había pasado. Trabajo, vínculos, redes. Algo.

El celular ya no me llamaba con notificaciones. Me llamaba desde adentro, como un pulso rítmico que me movía a volver, una y otra vez, automáticamente.

Decidí frenar no para “dejar el celular” sino para entender qué me estaba pasando. Lo primero que hice fue comprar una bitácora para tener un espacio para observarme. Empecé a escribir en lugar de reaccionar. A registrar en lugar de escapar. Intuía que lo que me pasaba no era algo menor. 

 

Ese parate me permitió verme con mayor claridad y me impulsó a hacer algo que venía deseando en lo profundo de mi ser hace años: poner toda mi energía para recuperar mi atención,  mi presencia, mi autonomía.

Y entendí que eso no iba a pasar solo. Había que darle espacio al proceso. Contexto. Pensamiento. Decisión. Escribí entonces por qué estaba empezando:

“Me siento atrapada por el celular y sus aplicaciones.
Siento que mi presente se volvió secundario, a veces insípido.
Y eso me da bronca porque sé que no es así.

Vivo en un lugar hermoso, con otro ritmo.
Quiero bajar la ansiedad para poder habitarlo.

Quiero estar más presente en la crianza de mis hijos.
Elegí estar ahí, pero me cuesta sostenerlo.

No quiero que el celular me distraiga de verlos crecer.

Quiero enfrentar lo que evito cuando me conecto.
Quiero usar la tecnología, no que me use a mí.
Quiero elegir cuándo entrar, no caer automáticamente.

Me siento adicta.
Y quiero sacarme esa sensación de las venas.”

Después vinieron los objetivos: no se trataba de eliminar la tecnología. Se trataba de cambiar el vínculo. De pasar de una necesidad automática a una herramienta elegida. De construir hábitos que me permitieran volver al presente  sin renunciar a los beneficios de lo digital.

 

La investigación fue clave en este proceso porque gracias a mis lecturas entendí algo más incómodo: el problema no era solo mío. Estas plataformas están diseñadas para interrumpirnos, fragmentarnos y mantenernos volviendo. Eso me generó una mezcla de alivio y angustia. Alivio porque entendí que no se trataba de un problema personal ni de falta de voluntad sino que estas apps están diseñadas para que quedemos atrapados en sus laberintos. Y angustia porque vi con mayor claridad el nuevo mundo en el que vivimos donde el bien que se están disputando los grandes monopolios tecnológicos es nuestra atención.

 

Mi proceso de revisión ya lleva meses. No fue ni es lineal. No fue ni es perfecto. Pero resulta transformador. De a poco, algo empezó a cambiar. Mi atención está volviendo. Todavía hay momentos en los que tengo que hacer un esfuerzo consciente para no chequear el celular. Pero también hay otros en los que pasan horas… y no aparece ni la urgencia ni la necesidad.

 

No estoy “del otro lado”. Todavía siento ese pulso que me empuja a volver. Esa inercia que corre por el cuerpo. No sé si es posible apagarlo del todo sin dejar de usar el celular. 

Como prodrán ver, no tengo todas las respuestas. Estoy buscando nuevas formas. Pero sé que, como sociedad estamos perdiendo nuestra capacidad de enfocar, de estar presentes.

Por eso les invito a cultivar el one tasking que no es hacer menos. Es volver a hacer una cosa a la vez con presencia. Es recuperar profundidad en un mundo que nos empuja a la dispersión.

Nos dijeron que ser productivos era hacer todo al mismo tiempo. Pero en el camino perdimos algo más importante: la capacidad de estar. Hoy, hacer una sola cosa a la vez se volvió un acto casi radical. No es nostalgia. Es una forma de resistencia.

Aunque nos aburra al principio, aunque nos cueste. Necesitamos enfocar, levantar la vista de las pantallas, volver a mirarnos a los ojos y ser conscientes de que estamos frente a un enorme problema como especie: nos están robando nuestro presente. Y el tema es tan importante que merece que nos tomemos tiempo para entenderlo, para preguntarnos por qué está pasando y para pensar quién se beneficia con eso. Solo así, podremos entender mejor el nuevo mundo que nos toca vivir.