Cada vez que se abre una conversación pública sobre los efectos adversos de los anticonceptivos, algunos sectores del sistema de salud suelen reaccionar con una advertencia solemne: cuidado con generar miedo.

Se nos recuerda que los métodos son seguros; que son eficaces; que cuentan con respaldo científico; que la anticoncepción fue una conquista; que no hay que desalentar su uso; que la información debe brindarse en el marco de una consulta médica.

Todo eso es, en gran medida, cierto.

Pero también es cierto que miles de mujeres y personas menstruantes acceden a estos métodos sin recibir información suficiente sobre sus posibles efectos adversos; que muchxs no saben cómo actúan en sus cuerpos; que miles no fueron advertidas sobre el dolor que podía implicar la colocación de algunas opciones; que la mayoría no recibió herramientas para reconocer señales de alarma y que, cuando manifestamos sentirnos mal, con demasiada frecuencia somos desestimadas.

Darle lugar a ese lado de la experiencia anticonceptiva no es generar miedo. Es escuchar, empatizar y reconocer una dimensión de la anticoncepción que sucede mucho más de lo que se quiere aceptar.

Gracias a las voces que se animaron —y todavía se animan— a hablar, reclamar, denunciar y luchar, conquistamos derechos que hoy parecen evidentes. Entre ellos, el derecho a la información: un derecho humano esencial para alcanzar una verdadera autonomía sobre nuestros cuerpos.

Informar no es asustar. Validar experiencias negativas no es demonizar la anticoncepción.

Sin embargo, cuando se trata de salud, suele rechazarse cualquier mirada crítica sobre las tecnologías médicas, especialmente cuando proviene de alguien que no pertenece al sistema de salud o al ámbito científico.

Pero la experiencia anticonceptiva no es neutral ni exclusivamente médica. También está atravesada por intereses políticos y económicos, por relaciones de poder y por los valores de cada época.

La ciencia no ocurre en el vacío. Se produce en instituciones, con determinados financiamientos, jerarquías e intereses; con preguntas que se habilitan y otras que se silencian. También puede estar atravesada por el racismo, el colonialismo, el clasismo, el patriarcado, los sesgos de género y el desprecio histórico hacia el dolor de las mujeres.

Por eso, el análisis crítico de lo que sucede en los consultorios no les pertenece exclusivamente a quienes poseen un título médico o científico. También les pertenece a quienes se animan a cuestionar el discurso hegemónico e investigar para buscar respuestas. Y, fundamentalmente, a las personas usuarias del sistema de salud: quienes ponen el cuerpo en estas experiencias y cuyas voces merecen ser valoradas y validadas.

Que esas voces tengan un lugar forma parte de una conversación verdaderamente democrática sobre salud.

El problema no es la ciencia ni el sistema médico en su conjunto. El problema aparece cuando se invoca a “la ciencia” como una palabra sagrada destinada a clausurar discusiones que deberían permanecer abiertas.

Y si existe un campo en el que necesitamos continuar la discusión es el de la anticoncepción.

La historia ofrece pruebas concretas de lo que sucede cuando las experiencias de las usuarias son desestimadas. Los siguientes casos muestran que la falta de escucha, la minimización de los efectos adversos y la información deficiente no pertenecen solamente al pasado.

Mi deseo es que conocer este escenario nos dé el respaldo necesario para animarnos a validar nuestras propias voces y experiencias, y nos ayude a comprender los intereses que existen detrás del mostrador de la experiencia anticonceptiva.

Cuando escuchar a las usuarias cambió la historia

Un método puede ser eficaz para evitar embarazos y, al mismo tiempo, producir efectos adversos. Puede funcionar bien para la mayoría y hacerles daño a algunas personas. Puede estar recomendado por las guías clínicas y, aun así, requerir una conversación honesta sobre riesgos, molestias, contraindicaciones, señales de alarma y alternativas.

La eficacia no anula la necesidad de ofrecer un panorama realista de la experiencia anticonceptiva ni reemplaza el consentimiento informado.

Cuando una persona dice “esto me pasó”, la respuesta no puede ser automáticamente “eso no puede ser”. Cuando muchas personas relatan experiencias similares, no alcanza con descartarlas como “casos aislados”. Y cuando miles empiezan a describir los mismos patrones, el sistema no debería ponerse a la defensiva: debería escuchar e investigar.

La historia de la anticoncepción está llena de productos que provocaron graves daños a miles de mujeres, cuyos relatos recién fueron tenidos en cuenta cuando la cantidad de casos y la contundencia de los datos se volvieron imposibles de negar. Para entonces, muchas ya habían pagado con su salud e incluso con sus vidas.

La primera píldora fue uno de ellos. Llegó al mercado con una promesa de libertad, pero, en apenas una década, ya cargaba con un enorme prontuario de efectos adversos minimizados.

El senador estadounidense Gaylord Nelson tuvo el coraje y la empatía de darles lugar a las dudas que el producto despertaba tanto entre sus usuarias como entre integrantes de la comunidad científica. En 1970 impulsó una discusión nacional sobre sus riesgos.

Las audiencias promovidas por Nelson dejaron en evidencia la falta de información sobre los efectos secundarios de la píldora. Se habló sobre su impacto en el estado de ánimo, su posible relación con distintos tipos de cáncer, el riesgo de trombosis y otras consecuencias que no habían sido informadas adecuadamente.

Las audiencias también expusieron algo escandaloso: se discutía públicamente sobre los cuerpos y la salud de las mujeres sin escuchar a las propias mujeres.

Gracias a la presión de las activistas feministas por los derechos reproductivos, los anticonceptivos orales inauguraron en Estados Unidos la obligación moderna de incluir un prospecto dirigido a las pacientes, con información sobre sus posibles efectos adversos.

Ese prospecto no fue un regalo del sistema. Fue el resultado de la lucha feminista por el derecho a la información.

El Dalkon Shield, un dispositivo intrauterino promocionado durante los años setenta como una alternativa más segura que la píldora, terminó asociado con infecciones pélvicas, infertilidad, embarazos sépticos, abortos y muertes. Dio lugar a más de 300.000 demandas contra la compañía fabricante y fue retirado del mercado una década después de su lanzamiento.

La movilización de miles de mujeres logró algo decisivo en la historia de los dispositivos médicos: que comenzaran a ser investigados con mayor profundidad, porque hasta entonces se les exigían menos requisitos de seguridad que a los fármacos.

Pero ese avance se consiguió a costa de la salud y de la vida de miles de mujeres.

El Norplant, un implante subdérmico compuesto por seis varillas, fue presentado durante los años noventa como una gran innovación por su duración, eficacia y comodidad. Sin embargo, a los pocos años de su llegada al mercado, decenas de miles de mujeres denunciaron sangrados prolongados, acné, caída del cabello, cambios en el estado de ánimo, migrañas, visión borrosa y dificultades para retirarlo.

Hacia mediados de esa década, más de 50.000 mujeres habían presentado demandas judiciales en Estados Unidos. En 2002, el laboratorio dejó de comercializarlo en ese país.

A comienzos del siglo XXI llegó Essure, presentado como “el anticonceptivo del futuro”: un método de esterilización permanente, sin cirugía mayor, moderno, eficaz y casi perfecto. La promesa era enorme. Lamentablemente, su #LadoB también.

Al poco tiempo de su aparición en el mercado, miles de mujeres reportaron dolor crónico, sangrados, perforaciones, migración del dispositivo, reacciones de hipersensibilidad, fatiga, cefaleas, embarazos no deseados y necesidad de cirugías para extraerlo. Algunas denunciaron, además, que fragmentos del dispositivo habían quedado alojados dentro de sus cuerpos.

Entre 2002 y diciembre de 2024, la Administración de Alimentos y Medicamentos de Estados Unidos —FDA— recibió 73.678 reportes relacionados con Essure. Entre los problemas más informados se encontraban dolor abdominal, alteraciones menstruales, fragmentos o cuerpos extraños, perforaciones, cefaleas, fatiga, cambios de peso, depresión, ansiedad, hipersensibilidad y caída del cabello.

Essure dejó de venderse en Estados Unidos a finales de 2018, luego de miles de reclamos y demandas. En el camino quedaron las vidas de quienes todavía padecen sus consecuencias.

El patrón se repite una y otra vez. Primero nos dicen que es normal. Después, que es ansiedad. Luego, que no existe evidencia suficiente o que se trata de casos aislados. Cuando los reportes se acumulan y ya no pueden seguir ignorándose, llegan las advertencias, los cambios de etiqueta, los litigios o los retiros del mercado.

Para muchas personas, el reconocimiento llega tarde. Y la reparación, si llega, nunca alcanza a devolverles lo perdido.

Estos son apenas algunos de los ejemplos que desarrollo en mi libro El #LadoB de los anticonceptivos. El anillo, el parche, las inyecciones y otros productos tienen historias similares.

Estos datos muestran que la historia de la anticoncepción no es una sucesión lineal de seguridad, eficacia y progreso. También es una historia de daños minimizados, advertencias tardías y usuarias que alzaron la voz y lograron cambiar el rumbo de los acontecimientos.

Pero la falta de escucha y de información comienza mucho antes de que una usuaria manifieste un efecto adverso. Empieza en el momento mismo de la indicación, cuando no se le explica con claridad qué hará el método en su cuerpo.

¿Anticoncepción o castración química?

La mayoría de las mujeres no sabe que muchos anticonceptivos hormonales inhiben total o parcialmente la ovulación. Muchas creen que “regulan el ciclo”. Muy pocas reciben una explicación profunda sobre qué significa intervenir el eje hormonal, modificar el funcionamiento ovárico y alterar el sangrado, el deseo sexual, el estado de ánimo o la salud ósea.

Pero inhibir la ovulación no es un detalle menor. No es solamente impedir “el momento en que podríamos quedar embarazadas”, sino suprimir una función central de un sistema endocrino complejo, vinculado con los estrógenos, la progesterona, el metabolismo, los huesos, el deseo, la energía, el ánimo y la salud integral.

Entonces aparece una pregunta incómoda, pero necesaria: ¿por qué, cuando se interviene hormonalmente sobre varones condenados por delitos sexuales, se habla con claridad de “castración química”, mientras que, cuando se interviene sobre millones de mujeres y personas menstruantes para inhibir su función ovulatoria, se habla simplemente de “anticoncepción”?

El acetato de medroxiprogesterona, principio activo de la inyección anticonceptiva Depo-Provera, también ha sido utilizado para reducir la conducta sexual de varones condenados por delitos sexuales, dentro de lo que legal y socialmente se conoce como castración química.

Estamos hablando de una misma sustancia capaz de suprimir funciones sexuales y reproductivas mediante una intervención química. Aunque las indicaciones, las dosis y los efectos sobre cuerpos diferentes no sean idénticos, la comparación permite formular una pregunta política ineludible: ¿por qué en un caso se nombra crudamente la magnitud de la intervención y en el otro se la presenta como una simple “regulación” del ciclo?

La desigualdad es brutal: los delincuentes sexuales tienen más derecho a conocer la magnitud de la intervención que recibirán que las mujeres a quienes se nos indican estas sustancias como parte rutinaria del cuidado de nuestra salud.

A ellos se les dice que serán químicamente castrados. A nosotras, que nuestro ciclo será “regulado”.

¿Acaso temen que, si en los consultorios nos hablaran de castración química, consumiríamos menos anticonceptivos?

Probablemente sí. Y ahí está justamente el problema.

El lenguaje es político. Y, en el caso de los anticonceptivos hormonales, fue cuidadosamente elegido para volver aceptable y rutinaria una intervención que, aplicada sobre otros cuerpos y con otros fines, no duda en nombrarse como castración química.

Para tener autonomía necesitamos información real

El escenario anticonceptivo está atravesado por valores que no son neutrales: los del patriarcado, el capitalismo y los de una medicina que todavía tiene serias dificultades para escuchar a quienes ponen el cuerpo.

Es momento de llevar la revolución feminista a la consulta y exigir una atención respetuosa e información idónea.

Muchas personas tienen buenas experiencias con sus métodos. Los eligen, los necesitan y los agradecen. Bien por ellas. La autonomía también incluye la posibilidad de elegir una tecnología médica.

Pero no existe verdadera autonomía si no se nos explica cómo funciona el método, cuáles son sus posibles efectos adversos, qué dolor puede implicar la inserción o extracción de un dispositivo, cuáles son las señales de alarma, qué alternativas existen y qué posibilidades tenemos de suspenderlo si nos sentimos mal.

No necesitamos menos anticoncepción. Necesitamos una anticoncepción mejor: más libre, más honesta, más cuidadosa y más respetuosa de las experiencias de quienes ponen el cuerpo.

No escribo para que alguien abandone su método por miedo. Escribo para que nadie tenga que usarlo desde la desinformación.

No escribo para reemplazar la consulta médica. Escribo para que las consultas sean mejores.

No escribo para enfrentar a pacientes y profesionales. Escribo para que la relación deje de estar organizada alrededor de la obediencia y pueda construirse desde la escucha.

Porque el conocimiento sobre nuestros cuerpos no le pertenece a ningún gremio.

Y si hablar del #LadoB incomoda, tal vez sea porque durante demasiado tiempo solo se nos permitió conocer el #LadoA.

Hace algunos años, el DIU de cobre me quebró por dentro. Darle lugar a mi intuición me permitió recuperar mi vida. Me costó muchísimo escucharla, después de tantos años de patriarcado enseñándome a desconfiar de mí misma.

Pero elegí creerme.

Por eso hoy milito el “yo te creo, hermana” en el campo de la salud sexual, reproductiva y no reproductiva. Porque miles de personas usuarias del sistema de salud necesitan ser escuchadas, creídas y validadas.

Quienes vivieron el #LadoB de la experiencia anticonceptiva cuentan conmigo.

Ojalá algún día también puedan contar con un sistema de salud dispuesto a creerles.